Edición Nro. 2206 - Punta del Este / Uruguay
enfoques 16 de abril de 2021
 
 
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Crónica de otros tiempos
Fin de los charrúas. Sin aviones para escribir, y con fronteras cerradas... 
  • Quince años de gobierno del Frente Amplio fueron suficientes para borrar episodios gloriosos de la Historia Patria.

  • Decíamos ayer...,,, que las batallas de Las Piedras, Rincón y Sarandí habían dejado de existir en la agenda gubernamental, olvidadas a propósito durante esos largos y prostituidos años de gobierno frenteamplista. Tampoco la de Ituzaingó, en tanto la Jura de la Constitución había constituido, para estos adláteres mal aplicados e insurrectos del Foro de San Pablo, y peor intencionados del Grupo de Puebla, una imbecilidad burguesa. El Desembarco de los Treinta y Tres Orientales en la Playa de la Agraciada, en tanto, constituía una guasada que solamente sirvió de inspiración poética a Juan Zorrilla de San Martín y a su Leyenda Patria.

  • En el plano personal, ya descalzo y ligero de equipaje, viajo en el tiempo para recordar, también, que los historiadores y docentes que sucedieron a Pivel Devoto y a Edmundo Narancio tengan en cuenta que el pasado 11 de abril se conmemoraron los 190 años de la matanza de Salsipuedes, exterminio charrúa.

  • “Sorprendida y destruida el 11 del corriente la horda salvaje de charrúas, esta indómita tribu ha pagado caramente sus antiguos y recientes crímenes, quedando muertos en el campo la mayor parte, y el resto, con sus familias y ganados en poder de la división de operaciones”. (Fructuoso Rivera, 15 de abril de 1831).

Estratagema del presidente de la República
De acuerdo con el diario “El Defensor de la Independencia Americana” y testimonios de militares, charrúas e historiadores, esta encerrona fue resultado de una estratagema del Presidente Fructuoso Rivera, que facilitó que la tropa avanzara sobre los indios desmontados, quienes no tuvieron la menor oportunidad de defenderse.

Artimaña que confundió a un millar de indios
La hecatombe de Salsipuedes pudo llevarse a cabo, entonces, merced a la artimaña que confundió a un millar de indios, convidados por los emisarios de Rivera a reanudar la guerra contra el Brasil, guerra popular entre ellos y que ya habían hecho antes bajo las órdenes de distintos jefes orientales, el primero de ellos Artigas.
Rivera, a cambio de la ayuda indígena en la supuesta campaña militar, les ofrecía los campos fiscales situados entre el Arapey Grande y Chico, convocando a los caciques que aceptaran el convite a estar con toda su gente, el día viernes 8 de abril de 1831, en las Puntas del Queguay, en la Boca del Tigre o Potrero de Salsipuedes.

Rivera, buenas palabras y presentes
El diario oribista comenta que los charrúas se concentran, y que los caciques Perú, Rondó y Brown van a hablar con Rivera, de quien reciben buenas palabras y presentes.
Instalan sus toldos en las costas del Salsipuedes, "mientras Rivera, al tanto de sus movimientos, transporta sus tropas a las proximidades".

Polidoro sospecha y levanta campamento
"Los caciques celebran un consejo. Uno de ellos, Polidoro, expone sus sospechas respecto a Rivera, protector de los enemigos guaraníes, y los riesgos de ponerse a su disposición. No es seguido y de rabia parte con su toldería al Cerro del Pintado. En vano dos emisarios de Rivera se esfuerzan por hacerlo volver. Su perspicaz desconfianza o las sombrías predicciones de su adivino, lo instan a alejarse aún más".

El ejército ataca a lanza a los indios desmontados
El ataque comenzó a las cinco y cuarto de la tarde del día lunes 11 de abril. Mientras el grueso de los charrúas hace pastar sus caballos en la barra del arroyo Tia Tucura, aparece el ejército, rodea en semicírculo a los aborígenes, y ataca lanza en ristre a los indios desmontados.

Indias e hijos pequeños culminan el aniquilamiento de la raza
El aniquilamiento seguiría luego con las indias y sus hijos pequeños, también muertos a lanzazos.
La masacre termina, mientras el General Rivera contempla, según cronistas de época, los cadáveres amontonados. Recibe entonces las felicitaciones del General argentino, Juan Lavalle, quien lo acompaña.
Persiguiendo algunos fugitivos, cae atravesado por un lanzazo en el corazón Maximiliano Obes, único hijo de José Lucas Obes, a quien le atribuyen la inspiración del exterminio.
Bernabé Rivera, sobrino del Presidente, organiza la liquidación final de la toldería del cacique Venado. Trece indios son muertos en la estancia del viejo Bonifacio, en el Alto Queguay.

A Polidoro lo encuentra Bernabé Rivera en junio de 1832
Falta aún alcanzar a Polidoro. Bernabé lo encuentra en junio de 1832.
La toldería del cacique contaba con treinta y cuatro guerreros, pero los mejores habían salido días antes a cazar al Cuareim. Los dieciseis adolescentes y ancianos, quienes habían permanecido en el campamento, se despliegan para proteger la huida de mujeres y niños.
Después de algunas leguas son alcanzados. En ese instante, los charrúas de la guardia vieja dan media vuelta y atacan a sus perseguidores, quienes huyen como pueden con sus caballos cansados.
Quince soldados son acribillados a lanza. El caballo de Bernabé Rivera tropieza y cae.

Bernabé murió lanceado y a golpes de bola
Narra el militar e historiador, Coronel Antonio Díaz (hijo) que “Rivera tuvo la suerte de salir corriendo, y cuando el sargento Gabiano le arrimaba su caballo para que saltase a su grupa, se le pusieron encima los bárbaros, exclamando a gritos: “¡Bernabé! ¡Bernabé!”, y empezaron a matarlo a lanzadas y golpes de bola. Más adelante había echado pie a tierra el comandante Bazán y vendía cara su vida, pero sucumbió al número, así como el alférez Viera, y nueve soldados, que también fueron muertos aisladamente y sin cuartel”.

¡Queguay! ¡Queguay!
“Mientras mataban los indios a Rivera, gritaban en medio de una algazara horrible: ¡Queguay! ¡Queguay”, ¡Indios hermanos muertos! ¡Cacique Vencel! ¡Matando amigos!”
“Los charrúas venían mandados por el cacique Sepé y un indio llamado Bernabé, que había criado como hijo el mismo coronel Rivera, y de quien recibió este desgraciado jefe, el primer golpe de bola en la cabeza...”
Ricardo Garzón

Nota de Dirección: nota publicada en la página editorial del diario "El País" en el mes de abril de 1997 y en el diario enfoques en 2008.

El Charruísmo
Desde hace un tiempo asistimos en el país a una floración de iniciativas destinadas a la exaltación de la tribu charrúa. No hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma, ni el nombre de un poblado o una región, ni aun un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente les describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y les enfrentó a la sociedad hispano-criolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos.
Su leyenda se adentró en el imaginario colectivo, en tiempos en que la afirmación de la identidad nacional reclamaba de mitología. Hoy, a dos siglos casi de existencia independiente, parecería llegada la hora de que la historia supere el mito, pero desgraciadamente, como en tantas otras cosas, venimos involucionando.
El charruismo, como lo dice Oscar Padrón Favre, se basa en ocultamientos sustanciales, como el de la etnia guaraní misionera, esa sí fundamental en la construcción de nuestra sociedad, desde las murallas montevideanas, por ella levantadas, hasta la formación de nuestro ejército; desde la toponimia del país hasta su presencia en el quehacer de trabajo de esa gente que formó nuestro pueblo criollo.
Resulta hasta ridículo explicar a los extranjeros que la palabra “Uruguay”, tanto como todas las de nuestra geografía, no proviene de los idealizados charrúas sino de la lengua guaraní. Se olvida también -quizás lo más importante a la luz del debate- que en nuestra vida republicana nadie quiso eliminar a los charrúas como personas sino barrer su toldería, modo de vida incompatible con la vida criolla, refugio de delincuentes, constante aliado del invasor portugués y del “bandeirante” traficante de esclavos, que procuraba allí la gente para secuestrar niños guaraníes o mujeres blancas y venderlas en Brasil.
Fueron innúmeros los episodios de ese largo enfrentamiento en la etapa colonial. Recuérdese el del Yi, en 1702, acaso el mayor, en que el ejército guaraní, al mando de los padres jesuitas, mató -según su versión- a 500 guerreros, destruyó una toldería y envió a “cristianar” a las mujeres y niñas. Más tarde, y luego de un período de asaltos y treguas, en 1749, ante la noticia de una conspiración, el Gobernador de Buenos Aires, José de Andonaegui, llegó a cabo una campaña que terminó con la mayoría de esa población, que básicamente instalaba sus tolderías en Entre Ríos desde la fundación de Santa Fe (1573) y la aparición del ganado. Los jesuitas intentaron repetidamente civilizar a quienes sobrevivieron, pero sin éxito. De modo que el tema del enfrentamiento con los charrúas es un “choque de civilizaciones” que no se puede reducir a una mera batalla final, en Salsipuedes, cuando quedaban en nuestro territorio unos pocos cientos de ellos.
Es verdad que en el período revolucionario hubo charrúas que se asociaron a la revolución artiguista, como también es verdad que en otras ocasiones, en que les convino, se juntaron con sus viejos aliados portugueses. Precisamente, para combatirlos fue que se había creado, en 1797, el cuerpo de Blandengues de la Frontera de Montevideo donde revistó nuestro prócer, Don José, nieto de Don Juan Martín Artigas, que había sido honrado con honores luego de un exitoso enfrentamiento con ellos. No olvidemos que cuando la dominación brasileña, Rivera le propuso a Lecor un plan de reducción de los charrúas, tratando de preservar sus vidas. Y que, ya instalado el gobierno provisorio de Lavalleja, el 24 de febrero de 1830, éste dio a Rivera la orden de atacarlos, para no dejar “a estos malvados a sus inclinaciones naturales y no conociendo freno alguno que los contenga”. Organizada la República, le tocó a Rivera librar en 1831 la tan discutida campaña, aprobada por la unanimidad del Parlamento, sin una voz en contra, dado el clamor del vecindario de la campaña.
Tan poco “genocida” fue el choque de Salsipuedes, que murieron, según se supone, unos 40 charrúas y 300 fueron hechos prisioneros y enviados a Montevideo. Y los que sobrevivieron organizados dieron muerte, poco después, a Bernabé Rivera, principalísima figura del ejército patrio y sobrino del Presidente. Sin olvidar que el ejército nacional llevaba en sus filas un grueso de soldados guaraníes, eternos rivales de los charrúas.
De modo que Salsipuedes fue, simplemente, un enfrentamiento entre tantos. Choque final, sí, para la toldería, modo de vida que estuvo condenado desde el primer día en que se afincó la civilización española en nuestras tierras.
Es doloroso por el país que se use la historia de modo abusivo, fundamentalmente para denostar al General Rivera, a quien el país le debe los mayores esfuerzos en la lucha por la independencia. Como ha escrito Lincoln Maiztegui, Salsipuedes le tocó a Rivera, como le hubiera correspondido a Lavalleja, a Oribe o a Garzón si hubieran estado en la Presidencia en ese momento.
Que miremos con respeto a ese pueblo charrúa es lo debido. Que lo glorifiquemos poco menos que como origen de nuestra sociedad, es algo peor que un clamoroso error histórico. Es una definición reaccionaria de un trasnochado nacionalismo romántico, que ubica al país en la mirada más primitiva de su pasado, atándolo a la violencia y al rencor por la sangre que derraman las civilizaciones en su proceso fundacional y no a los magníficos esfuerzos de tantos patriotas para consolidar la paz y abrir las rutas del progreso.
Julio María Sanguinetti
Ex Presidente de la República
Somos civilizados porque matamos a los salvajes
En el artículo editorial de El País de Montevideo del 19 de abril de 2009, el ex presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti reacciona contra la reivindicación de los charrúas y, sin advertirlo, nos da las claves de una mentalidad que gobernó por dos períodos y que siguió influyendo en la ideología de un vasto grupo social durante décadas.
El doctor Sanguinetti afirma que “no hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma [...], ni aun un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente los describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y los enfrentó a la sociedad hispanocriolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos”.
La habilidad literaria y filosófica de Sanguinetti radica en reunir tres o cuatro ideas en una sola frase: (1) No hemos heredado casi nada de ese pueblo salvaje. Porque los matamos a casi todos en nombre de la civilización. (2) Perú o Guatemala no pertenecen a la civilización occidental porque en su mayoría su población lleva sangre indígena. Ni qué hablar de Japón, que lamentablemente no ha podido integrarse a la cultura occidental por el problema de su raza y sus costumbres. (3) A pesar de que los matamos a todos y no heredamos nada de ellos, ni una sola palabra, de cualquier forma sabemos que su idioma era precario. Los charrúas no sabían decir “Hegel” ni “weltanschauung” ni “iPod” ni “ley de obediencia debida”. No sabían conjugar sus propios verbos y cuando hacían el amor proferían quejidos sin pluscuamperfectos. Como los primitivos quechuas, debían tener sólo tres fonemas vocálicos, dato por el que se demuestra la inferioridad del español ante el inglés, idioma de la civilización, como decía otro insigne educador, Domingo Faustino Sarmiento. Ni qué hablar de los escandinavos, quienes van a la punta de la civilización con el uso de nueve vocales. (4) De los charrúas no conservamos “ni un recuerdo benévolo de nuestros mayores españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente los describieron como sus enemigos”. Si quienes colonizaron, expropiaron y asesinaron a los primitivos no conservan ningún recuerdo positivo de ellos, ergo los primitivos eran malos y no dejaron ni un recuerdo rescatable. Salvo la tierra y el honor que las víctimas en cada guerra siempre confieren al vencedor. (5) Durante dos siglos, los charrúas se enfrentaron con “la sociedad hispanocriolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos”. Sacrificadamente expoliamos a los primitivos, de eso no hay dudas. No fue fácil. No se dejaban.
El autor, para demostrar que es capaz de ver algo bueno en un pueblo primitivo, elogia a los guaraníes: “La etnia guaraní misionera, esa sí fundamental en la construcción de nuestra sociedad, desde las murallas montevideanas, por ella levantadas, hasta la formación de nuestro ejército”. Es decir, los guaraníes (corregidos) contribuyeron a la construcción de las murallas y los ejércitos de los colonizadores que se asentaron en la franja de tierras charrúas. Aunque el número de estos esclavos que colaboraron en la empresa era ínfimo en relación en el pueblo que se extendía desde Paraguay hasta Uruguay, conviene identificarlos con todo el pueblo. Esos salvajes sí eran buenos porque colaboraron “en la construcción de nuestra sociedad”, trabajaron en las murallas y se hicieron matar por los nobles colonos blancos.
No dice Sanguinetti que la sociedad de ningún país se construyó en un par de décadas al inicio de su historia política, sino que se sigue construyendo mientras ese país existe, y un factor central de esa construcción surge cuando cada pueblo admite, reconoce y mira de frente los crímenes y genocidios de su propia historia.

Guaraníes masacrando en nombre de Cristo
Alegremente, Sanguinetti cita el caso de una matanza guaraní en 1702, “en que el ejército guaraní, al mando de los padres jesuitas, mató –según su versión– a 500 guerreros, destruyó una toldería y envió a ‘cristianar’ a las mujeres y niñas”. Los guaraníes masacrando en nombre de Cristo... ¿Necesitamos más pruebas del aberrante e hipócrita modus operandi de esta calaña de colonizadores? ¿No recuerda estas proezas a Hernán Cortés y a Adolfo Hitler masacrando en nombre del mismo (mil veces) Crucificado, aplaudido por otras masas de bestias adoctrinadas en nombre de la moral, la civilización, Dios y el progreso? ¿No recuerda esto a los negros esclavos azotando otros negros esclavos hasta que la víctima terminaba por reconocer la bondad de los azotes para controlar la mala naturaleza de las razas inferiores?
“De modo que el tema del enfrentamiento con los charrúas es un ‘choque de civilizaciones’ que no se puede reducir a una mera batalla final.” La referencia a Samuel Huntington, cuya teoría sirvió para justificar guerras como la de Irak, le sirve hoy a la mediocre clase tradicionalista de Uruguay para justificar los crímenes de un pasado que es defendido por su valor de mitos fundadores.
“No olvidemos que, cuando la dominación brasileña, Rivera le propuso a Lecor un plan de reducción de los charrúas, tratando de preservar sus vidas”. Lo que se puede entender como un intento de control de natalidad mediante la distribución de condones entre los salvajes, ya que no vamos a pensar que intentaban reducirlos en guetos o matar a algunos, como era la costumbre y tal cual fue el resultado final. Pero los Rivera no fueron los únicos responsables de la cacería humana. “Organizada la República, le tocó a Rivera librar en 1831 la tan discutida campaña, aprobada por la unanimidad del Parlamento, sin una voz en contra, dado el clamor del vecindario de la campaña”.

Rivera es medio asesino, y sus defensores medio hipócritas
Señor ex presidente, este dato no exime a un criminal; implica a toda su clase dominante (los gauchos, los negros y los indígenas no pertenecían al vecindario ni tenían diputados).
Para Sanguinetti, la matanza de charrúas en Salsipuedes fue “poco genocida”. Los sobrevivientes charrúas que “organizados dieron muerte, poco después, a Bernabé Rivera, principalísima figura del ejército patrio y sobrino del Presidente” fueron víctimas de una media matanza. Por lo cual Rivera es medio asesino y quienes lo defienden hoy son medio hipócritas.
“Es doloroso por el país que se use la historia de modo abusivo, fundamentalmente para denostar al general Rivera, a quien el país le debe los mayores esfuerzos en la lucha por la independencia.” Cualquier historiador sabe que no hubo pura lucha por la independencia, ni siquiera hubo independencia total y menos revolución. Esa lucha estuvo dominada por una fuerte lucha de intereses de clase, de raza y hasta por intereses familiares, individuales. El primer gobierno de Fructuoso Rivera data de 1830. José Artigas, el héroe máximo de la rebelión liberadora del Plata y el más humanista entre los jefes políticos, nunca quiso regresar a vivir bajo el mando de semejantes libertadores. Murió en 1850, tres décadas después de exiliarse en Paraguay. Hoy sabemos que Rivera propuso asesinar a ese “monstruo anarquista”.
Julio María Sanguinetti, el ex presidente que tantas veces se puso la bandera de haber asegurado la paz de nuestro país negociando la impunidad de secuestradores y torturadores del Estado militar –América latina, siempre mendigando derechos–, entiende que el genocidio de los charrúas fue realizado por “magníficos esfuerzos de tantos patriotas para consolidar la paz y abrir las rutas del progreso”.
La paz de los cementerios y del olvido.
Reconocer los crímenes de nuestra historia no nos hace peores países. Defender semejantes crímenes contra la humanidad nos hace partícipes. Y si fuimos presidentes, nos hace, por lo menos, sospechosos.
Jorge Majfud
Lincoln University

 

Salsipuedes

Coincidiendo con la fecha de los episodios ocurridos en Salsipuedes, desde diversos colectivos de izquierda se han acentuado los ataques al vencedor de Guayabos y Rincón. A continuación repasamos parte de la extensa bibliografía sobre el suceso.
Lincoln Maiztegui ha dicho que "en realidad, nadie sabe con certeza lo que aconteció allí. Lo único indiscutible es que el país entero -indios asimilados incluidos- en 1831, pedía a gritos una acción drástica, ya que la amenaza que constituían (los charrúas) era pavorosa".
En 1878, El Espíritu Nuevo publicaba: "En la espesura de los montes más apartados del territorio yacían restos de la antigua tribu de los Charrúas, indios salvajes, los más indómitos y avezados a la rapiña y violencia que pudieron existir. Durante la guerra con el imperio, habían prestado algunos servicios, pero más estimulados por el saqueo y la matanza que por otras consideraciones. Devueltos ahora a la paz, no entraba en sus hábitos la vida doméstica, ni les satisfacían las cuereadas que se les toleraban de ganados orejanos alzados. Hubieron de volver a su vida errante; y acechando desde los montes, salían en tropel, llevando la devastación y muerte a los establecimientos que recién se plantaban".
En febrero de 1830, Lavalleja, debido los "excesos cometidos por los charrúas", le dice a Rivera "hay que proceder con mano de hierro..." ordenándole: "para contenerlos en adelante y reducirlos a un estado de orden y al mismo tiempo escarmentarlos, se hace necesario que tome las providencias más activas y eficaces... Dejados estos malvados a sus inclinaciones naturales y no conociendo freno alguno que los contenga, se librarán sin recelo a la repetición de actos semejantes al que nos ocupa..."
Según el investigador Acosta y Lara, Rivera buscó entendimientos por todos los medios a su alcance, incluso le ordenó al Teniente Coronel Felipe Caballero tratar directamente con los indígenas. El 4 de octubre, el militar logró hablar con los caciques Perú, Juan Pedro y Brun, quienes prometieron "...no incomodar al vecindario ni hacerles daño alguno. Creo que ellos cumplirán con lo prometido en razón que estaban muy asustados cuando supieron que yo iba sobre ellos con una fuerza armada..."
Todo fue inútil ya que continuaron con sus tropelías. Ante esa situación, con la decisión unánime de la Asamblea General adoptada el 31 de marzo de 1830, Rivera marchó a "contenerlos... y reducirlos a un estado de orden" con la esperanza de que no corriera sangre.
Días antes Don Frutos le escribe a su amigo Julián Espinosa "...La operación está casi hecha... ¡Ah! Qué glorioso será si se consigue sin que esta tierra tan privilegiada no se manchase con sangre humana".
Pero -según el parte oficial- "después de agotados todos los recursos de prudencia y humanidad; frustrados cuantos medios de templanza, conciliación y dádivas pudieron imaginarse para atraer la obediencia y la vida tranquila y regular a las indómitas tribus de los charrúas (...) siendo ya ridículo y efímero ejercitar por más tiempo la tolerancia y el sufrimiento, cuando por otra parte sus recientes y horribles crímenes exigían un ejemplar y severo castigo, se decidió a poner en ejecución el único medio que ya restaba, de sujetarlos por la fuerza. Más los salvajes (...), empeñaron una resistencia armada que fue preciso combatir (...) Fueron en consecuencia atacados y destruidos, quedando en el campo más de 40 cadáveres enemigos..." y 300 prisioneros.
Acertadamente escribía Jorge Luis Borges: "Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible".
Pero por inconcebible que parezca, los neo-historiadores apelan a la literatura y utilizan como única prueba, para argumentar su relato sobre lo ocurrido en Salsipuedes, la novela "La cueva del tigre", escrita por uno de los grandes maestros de la narrativa americana, Eduardo Acevedo Díaz.
Así las cosas, corresponde señalar -como afirmara Lincoln Maiztegui- que sólo por ignorancia o mala fe se puede seguir hablando del "genocidio charrúa".
Leonardo Vinci
Correo de los Viernes




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